jueves, 10 de marzo de 2011

El canto Liturgico en tiempo de Cuaresma


LA CUARESMA, como el Adviento, son tiempos litúrgicos no tan importantes como la Pascua y la Navidad. Estas son centrales, nucleares en el año litúrgico, y vienen precedidas cada una de su tiempo que las prepara: la Cuaresma es a la Pascua algo parecido a lo que es el Adviento a la Navidad.

Pero Adviento y Cuaresma son tiempos en que las comunidades cristianas están psicológicamente más predispuestas a la creatividad, a hacer cosas, a organizar algo...
Por esta razón debemos aprovechar estas disposiciones para mejorar y potenciar el canto.

"TIEMPO DE AUSTERIDAD" EN EL CANTO
No podemos olvidar que el tiempo de cuaresma es un tiempo penitencial; tiempo de austeridad, que se manifestará tanto en el ornato del templo como en el canto.

Esta austeridad hay que destacarla para que resalte más el gozo cuando se haga desbordante en la Pascua. Por este motivo, desde el comienzo de la cuaresma hasta la vigilia pascual queda prohibido adornar con flores el altar; no se recita ni se canta el Aleluya en ninguna celebración, incluidas las Solemnidades y las Fiestas.

En éste tiempo también se suprime el canto del Gloria. Sólo puede ser cantado (se recomienda que sea recitado para guardar la austeridad del tiempo) en la Solemnidad de San José (19 de Marzo) y de la Anunciacion del Señor (25 de Marzo).

Los instrumentos musicales no acompañan «festivamente», sólo se permiten para sostener el canto, como corresponde al carácter penitencial de este tiempo es decir, acompañan «prácticamente».
Un detalle la pedagogía maternal de la Iglesia es la excepción en todo este largo recorrido en la austeridad:
El cuarto domingo de cuaresma, domingo Laetare (es decir, “Alégrate” por la proximidad de la Pascua), se permiten los instrumentos y el adorno discreto del altar con flores.

Como signo de austeridad no deberíamos cantar el canto antes de la bendicion final.
Sí debemos cantar la fracción del pan, El cordero de Dios, «que quita el pecado del mundo», y cantarla litánicamente, es decir, el solista repite varias veces la invocación y la asamblea va contestando «Ten piedad de nosotros», terminando la última vez con el «Danos la paz».

Tampoco hagamos sonar los instrumentos en momentos que son para el silencio, por ejemplo durante las ofrendas, y mucho menos durante la consagración, que no se debería hacer nunca.

En cuaresma, como en cualquier tiempo, debemos cantar, pero no debemos cargar de cantos la celebración. Demos oportunidades en este tiempo al silencio musical y a la austeridad en el canto.

CANTOS ESPECIFICOS EN CUARESMA
No es indiferente el hecho de preparar unos cantos u otros.
Cuando el grupo de liturgia organiza y selecciona bien una serie de cantos para la cuaresma está influyendo en los fieles (tal vez más que el sacerdote con su homilía).
Tenemos que cambiar el repertorio y mejorar la oferta musical para nuestras comunidades.

Ahora tienen que ser cantos específicos, de la misma manera que en adviento o en navidad; cantos que sean identificadores del tiempo en que estamos.

No podemos contentarnos con cantar (como la mayoría de los domingos) Juntos como hermanos o ¡Qué alegría cuando me dijeron!, como canto procesional de entrada; o el Pescador de Hombres en el canto procesional de comunión. A éstos los dejamos descansar un buen tiempo, pues ya tendremos ocasión de usarlos en tantos domingos del tiempo ordinario.

«El Primer Domingo de Cuaresma es el comienzo del venerable sacramento de la observancia cuaresmal». La Iglesia recomienda que en la misa de este día se utilicen elementos que subrayen su importancia. Si nos recomienda cantar las letanías de los santos es porque ellos son nuestros modelos en este camino cuaresmal. Ellos son los que mejor han vivido la pascua de Jesús y nos acompañan en el camino cuaresmal.

Las invocaciones a los santos, al menos algunas de ellas, pueden y deben ser sustituidas por las que se estimen más apropiadas a la comunidad, como invocar al santo fundador o al santo patrón del pueblo o ciudad.

LOS TEXTOS DE LOS CANTOS
Los grandes temas que deben aparecer en los textos de cuaresma reflejan las distintas directrices de la cuaresma actual. Los cantos con el tema del pecado y el perdón son abundantes...
Es una directriz que se ha desarrollado bastante..., pero en cuaresma tenemos que cantar algo más que el pecado y el perdón.

La pascua de Jesús, el paso del Señor, debe estar siempre en el horizonte de nuestros cantos. El tema del éxodo, por lo que tiene de movimiento, de dinamismo. El prójimo, la solidaridad con los necesitados, como apertura a los hermanos; la escucha atenta y meditativa de la Palabra como apertura a Dios.

Otros temas son el desierto, con su travesía y su experiencia de libertad; la montaña sagrada, con su escalada para llegar a la pascua; los sacramentos pascuales: el recuerdo vivo de nuestro bautismo; el agua (la mujer samaritana), la luz (el ciego de nacimiento), la vida (resurrección de Lázaro). Todos estos temas nos señalan la dirección catecumenal de la cuaresma. La conversión, la alianza nueva, la renovación bautismal, etc.

Todos estos temas nos muestran qué aspectos de la cuaresma están más desarrollados y qué lagunas tenemos.

A la hora de programar y seleccionar nos ayudarán a saber en qué cantos tenemos que poner el énfasis para que el canto sea convergente con las lecturas, oraciones, ritos, tiempo litúrgico, de manera que podamos conseguir el objetivo que nos proponemos: que el pueblo cristiano se prepare en cuaresma cada vez más para poder celebrar y vivir mejor la pascua de Jesús, es decir, que la comunidad cristiana se incorpore a su Señor, Cristo Jesús, en su paso pascual.
 
El canto del prefacio
Es conveniente cantar el prefacio propio de cada domingo, cuando los hay, como en el ciclo A.
Si no es posible cantarlo entero, al menos, deberíamos cantar el diálogo introductorio y declamar proclamando el prefacio. Son textos de una riqueza y profundidad litúrgica incalculable. El sacerdote ya tiene en ellos los puntos de su homilía y el tema de su oración-meditación. Sirvan a modo de ejemplo estos resúmenes:

«Por él nos concedes a tus hijos anhelar, año tras año, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la pascua, para que, dedicados con mayor entrega a la alabanza divina y al amor fraterno, por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios» (prefacio I de cuaresma).

«Porque has establecido generosamente este tiempo de gracia para renovar en santidad a tus hijos, de modo que, libres de todo afecto desordenado, vivamos las realidades temporales como primicia de las realidades eternas» (prefacio II de cuaresma).

«Porque con nuestras privaciones voluntarias nos enseñas a reconocer y agradecer tus dones, a dominar nuestro afán de suficiencia y a repartir nuestros bienes con los necesitados, imitando así tu generosidad» (prefacio III de cuaresma).

«Porque con el ayuno corporal refrenas nuestras pasiones, elevas nuestro espíritu, nos das fuerza y recom¬pensa, por Cristo, Señor nuestro» (prefacio IV de cuaresma).

«Tú abres a la Iglesia el camino de un nuevo éxodo a través del desierto cuaresmal, para que, llegados a la montaña santa, con el corazón contrito y humillado, reavivemos nuestra vocación de pueblo de la alianza, convocado para bendecir tu nombre, escuchar tu Palabra y experimentar con gozo tus maravillas» (prefacio V de cuaresma).

En estos prefacios encontramos buenos textos para orar, predicar, instruir y animar a nuestro pueblo cristiano, y para componer cantos en la línea del sentir de la Iglesia y del tiempo litúrgico que celebramos.

miércoles, 9 de marzo de 2011

El comienzo de la Cuaresma


Miércoles de Ceniza

Hoy empezamos la Cuaresma a través de la imposición de las cenizas, un símbolo que es muy conocido para todos. La ceniza no es un símbolo de muerte que indica que ya no hay vida ni posibilidad de que la haya. Nosotros la vamos a imponer sobre nuestras cabezas pero no con un sentido negativo u oscuro de la vida, pues el cristiano debe ver su vida positivamente. La ceniza se convierte para nosotros al mismo tiempo en un motivo de esperanza y superación. La Cuaresma es un camino, y las cenizas sobre nuestras cabezas son el inicio de ese camino. El momento en el cual cada uno de nosotros empieza a entrar en su corazón y comienza a caminar hacia la Pascua, el encuentro pleno con Cristo.

Jesucristo nos habla en el Evangelio de algunas actitudes que podemos tener ante la vida y ante las cosas que hacemos. Cristo nos habla de cómo, cuando oramos, hacemos limosna, hacemos el bien o ayudamos a los demás, podríamos estar buscándonos a nosotros mismos, cuando lo que tendríamos que hacer es no buscarnos a nosotros mismos ni buscar lo que los hombres digan, sino entrar en nuestro interior: “Y allá tu Padre que ve en lo secreto te recompensará.”

Es Dios en nuestro corazón quien nos va a recompensar; no son los hombres, ni sus juicios, ni sus opiniones, ni lo que puedan o dejen de pensar respecto a nosotros; es Nuestro Padre que ve en lo secreto quien nos va a recompensar. Que difícil es esto para nosotros que vivimos en una sociedad en la cual la apariencia es lo que cuenta y la fama es lo que vale.
Cristo, cuando nosotros nos imponemos la ceniza en la cabeza nos dice: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres; de lo contrario no tendrán recompensa con su Padre Celestial”. ¿Qué recompensa busco yo en la vida?

La Cuaresma es una pregunta que entra en nuestro corazón para cuestionarnos precisamente esto: ¿Estoy buscando a Dios, buscando la gloria humana, estoy buscando la comprensión de los demás? ¿A quién estoy buscando?

La señal de penitencia que es la ceniza en la cabeza, se convierte para nosotros en una pregunta: ¿A quién estamos buscando? Una pregunta que tenemos que atrevernos a hacer en este camino que son los días de preparación para la Pascua; la ceniza cae sobre nuestras cabezas, pero ¿cae sobre nuestro corazón?

Esta pregunta se convierte en un impulso, en un dinamismo, en un empuje para que nuestra vida se atreva a encontrarse a sí misma y empiece a dar valor a lo que vale, dar peso a lo que tiene.

Este es el tiempo, el momento de la salvación, nos decía San Pablo. Hoy empieza un período que termina en la Pascua: La Cuaresma, el día de salvación, el día en el cual nosotros vamos a buscar dentro de nuestro corazón y a preguntarnos ¿a quién estamos buscando? Y la ceniza nos dice: quita todo y quédate con lo que vale, con lo fundamental; quédate con lo único que llena la vida de sentido. Tu Padre que ve en lo secreto, sólo Él te va a recompensar.

La Cuaresma es un camino que todo hombre y toda mujer tenemos que recorrer, no lo podemos eludir y de una forma u otra lo tenemos que caminar. Tenemos que aprender a entrar en nuestro corazón, purificarlo y cuestionarnos sobre a quién estamos buscando.

Este es le sentido de la ceniza en la cabeza; no es un rito mágico, una costumbre o una tradición. ¿De qué nos serviría manchar nuestra frente de negro si nuestro corazón no se preguntara si realmente a quien estamos buscando es a Dios? Si busco a Dios, esta Cuaresma es el momento para caminar, para buscarlo, para encontrarlo y purificar nuestro corazón.

El camino de Cuaresma va a ser purificar el corazón, quitar de él todo lo que nos aparta de Dios, todo aquello que nos hace más incomprensivos con los demás, quitar todos nuestros miedos y todas las raíces que nos impiden apegarnos a Dios y que nos hacen apegarnos a nosotros mismos. ¿Estamos dispuestos a purificar y cuestionar nuestro corazón? ¿Estamos dispuestos a encontrarnos con Nuestro Padre en nuestro interior?

Este es el significado del rito que vamos hacer dentro de unos momentos: purificar el corazón, dar valor a lo que vale y entrar dentro de nosotros mismos. Si así lo hacemos, entonces la Cuaresma que empezaremos hoy de una forma solemne, tan solemne como es el hecho de que hoy guardamos ayuno y abstinencia (para que el hambre física nos recuerde la importancia del hambre de Dios), se convertirá verdaderamente en un camino hacia Dios.

Este ha de ser el dinamismo que nos haga caminar durante la Cuaresma: hacer de las mortificaciones propias de la Cuaresma como son lo ayunos, las vigilias y demás sacrificios que podamos hacer, un recuerdo de lo que tiene que tener la persona humana, no es simplemente un hambre física sino el hambre de Dios en nuestros corazones, la sed de la vida de Dios que tiene que haber en nuestra alma, la búsqueda de Dios que tiene haber en cada instante de nuestra alma.

Que éste sea el fin de nuestro camino: tener hambre de Dios, buscarlo en lo profundo de nosotros mismos con gran sencillez. Y que al mismo tiempo, esa búsqueda y esa interiorización, se conviertan en una purificación de nuestra vida, de nuestro criterio y de nuestros comportamientos así como en un sano cuestionamiento de nuestra existencia. Permitamos que la Cuaresma entre en nuestra vida, que la ceniza llegue a nuestro corazón y que la penitencia transforme nuestras almas en almas auténticamente dispuestas a encontrarse con el Señor.


Autor: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net