miércoles, 25 de agosto de 2010

El Silencio...y la música.


La palabra, dice la Escritura, nace del silencio y vuelve al silencio, "Cuando todo estaba tranquilo en medio del silencio....tu Palabra omnipotente se lanzo desde lo alto de los cielos" (Sab 18, 14-15) si no sabemos vivir el silencio, tampoco sabremos vivir la palabra, el canto y la música nos resultarán extraños.


Para la música, también el silencio es esencial. Cuando se está en un gran teatro, el templo del arte, no se puede hacer ruido después de comenzar el concierto.

Cuando san Agustín, con una expresión tan hermosa, afirma: "El que canta ora dos veces", es una escuela de oración la que se abre ante nosotros. Para aprender a rezar, hay que aprovechar esta indicación que junta rezo y música, poniéndolos en relación recíproca; la música como oración, pero también como música.

En efecto, muchas veces no sabemos rezar y llenamos la oración de palabras, casi sin concedernos el tiempo para respirar. La oración, por el contrario, tiene un ritmo propio, que se concilia con la respiración, tal vez la más profunda definición de oración sea la de santa Teresa; " Tratar de amistad, estando a solas con quien sabemos nos ama", este es un lenguaje de enamorados, que recuerda el del Cantar de los cantares, la oración es el amor, y el amor busca la soledad.

La experiencia de los enamorados hace entender también la contemplación, que es el punto más alto de la oración, la contemplación llega la final de todo un proceso que empieza por la escucha y la lectura de la palabra, penetrada a través de la meditación, que no es sino conservar la palabra en el corazón, repitiéndola.
La contemplación es el silencio. Sin embargo, en el mundo de hoy la palabra continúa siendo la forma privilegiada por medio de la cual el Dios Encarnado, la Palabra hecha carne, empieza a hacerse conocer.

Con respecto al silencio, vuelve la experiencia de los enamorados, si ellos están verdaderamente enamorados, no necesitan hablar. Cuanto más hablan, tanto menos se aman. Podrán hablar en el comienzo de su relación, pero al final, se lo dirán todo con una mirada. De lo contrario, todavía no habrán llegado a la plenitud del amor. El silencio, y no el momento discursivo, es la cumbre de la comunicación. Se trata, sin embrago, de un momento final para llegar al cual hacen falta conocimiento, fatiga y sacrificio.

Es lo que explicaba el santo de cura de Ars, cuando contaba la historia del campesino pobre que habiendo entrado por la mañana en la iglesia para rezar sus oraciones, antes de irse al campo, dejo sus alforjas cerca de la puerta y se olvido de sí delante de Dios. Un vecino, que trabajaba en el mismo paraje y solía verlo, se extraño de su ausencia. Volvió y se le ocurrió entrar en la iglesia: ¿qué haces aquí tanto tiempo? el otro respondió "Yo veo a Dios y Dios me ve a mí".

Esta expresión de un campesino sencillo y sin cultura ha pasado a la historia, como una de las definiciones más altas de la contemplación.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña:

"Las palabras en la oración contemplativa no son discursos, sino ramillas que alimentan al fuego del amor. En este silencio insoportable para el hombre exterior, el Padre nos da a conocer a sus Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús" (Catecismo de la Iglesia CATÓLICA, 2717)

San Juan de la Cruz ha escrito estas palabras maravillosas: "Una Palabra hablo el Padre, que fue su Hijo, y esta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma".

Dios habla en el silencio, la experiencia del "silencio de Dios" es inherente a la existencia cristiana.

Sin el hábito del silencio interior, no se puede escuchar la palabra de Dios, que nos habla en el silencio de la interioridad.

La afinidad entre la música y la revelación, que la filosofía ha puesto de relieve, se manifiesta también con respecto al silencio: como la música se escucha solo en el silencio interior del corazón, donde puede resonar, así Dios habla solo en silencio.


En un libro muy conocido del escritor irlandés C.S Lewis, "Cartas del diablo a su sobrino", (Las cartas de Escrutopo), que es la historia de una tentación fracasada y relatada desde el punto de vista de dos funcionarios de Satanás, encontramos esta descripción del paraíso: "Las regiones donde solo hay vida y donde, por tanto todo lo que no es música es silencio". Frente a esta armónica composición de música y silencio, Escrutopo opone el infierno donde todo es "ruido que solo nos defiende de dudas tontas, de escrúpulos desesperantes y deseos imposibles".

La contraposición entre palabra-música-silencio por un lado, y ruido por el otro es; una contraposición profunda entre Paraíso e infierno.

Palabra, música y silencio están a nuestra disposición como recursos en la búsqueda del Paraíso.

Del Libro "Música y Canto en la celebración Eucarística"
(Para la espiritualidad del canto) Ed. Redemptor Hominis Py

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